Soy
de la opinión de que el verdadero cambio social se obtiene a través de
la cultura. Aunque suene trillado: el conocimiento es poder. Lo supe en una conferencia sobre sobre Género y Derechos Humanos donde hice la pregunta, un
poco inocente pero fundamental, de que hasta qué limite el Estado está
en la obligación de proporcionarle a la población ayuda para
autorealizarse, y se me respondió que el Estado no tiene límite y que es
su deber dar lo fundamental al ser humano para que se realice como
tal. En ese momento me pareció razonable esa respuesta y tomé la
afirmación como bandera en el trabajo que realizaba con las mujeres y donde les repetía el axioma en cada una de ellas: "El conocimiento es
ilimitado y entre más sepan las mujeres, mejor sabrán desenvolverse en
la vida real".
La
cultura y el arte no solo están en los libros y en los museos, es algo
que tenemos en nuestro diario vivir, algo que se nos oculta aunque este a
la vista, porque nos distrae de nuestras obligaciones diarias.
Comprar una pintura y hacerse conjeturas sobre el color y la textura
es, en nuestra sociedad, una perdida de tiempo. Se
nos ha enseñado, desde la infancia, que lo importante es el dinero más que
disfrutar de una buena película, que la violencia es la manera más
efectiva de llamar la atención, que la felicidad se encuentra en una
buena base económica, que hemos nacido para crecer, multiplicarnos,
trabajar, acumular bienes y morir. Es raro que se nos inculque la
delicia de escuchar un concierto al aire libre, de expresar lo que
sentimos manchando papeles con pintura para dedos. Se nos dice que eso
es para niños y nunca para adultos. Nos limitan, porque limitar es parte
del poder. El poder de oprimir las ideas y los sentimientos es
antiquísimo, ya que con estas medidas se obtiene el control de la
sociedad. Guiar un ganado de vacas hacia el matadero es más fácil que
guiar a un grupo de personas pensantes y conscientes por el camino que
los gobernantes quieren.
La
cultura, como dice el génesis de la palabra, es cultivar el
conocimiento y habilidades En ese sentido las mujeres están en desventaja para
encontrar el camino del cultivo. Las fuentes son escasas y los
obstáculos enormes para arar el terreno. "No hay límite", me digo cuando
una nueva mujer llega por su propio pie y solicita entrar en los
talleres de educación y sensibilización artística. Porque para mí
el cultivo es permanente y no me importa las veces y el tiempo que esa
mujer necesite para subir un escalón. Veo en cada una de ellas un diamante en
bruto, una esperanza, una semilla que solo necesita un poco de agua para
germinar, y no como un número más para las estadísticas. La
creatividad, el talento, los casos resueltos en cuestiones de cultura no
se pueden medir con números. Lo que sí se puede medir, en estos casos,
son los indicadores de mejoramiento en la calidad de vida.
Es falso que una
mujer llega a ser una verdadera mujer solo con proporcionarle una capacitación de dos meses. Los procesos son lentos y
a veces de toda la vida. Lo que se hace con talleres fugaces de
profesionalización al vapor es abrir un poco las puerta y darle el valor
suficiente para que la abran más la puerta y sacar de ellas el mayor
provecho posible. Pero eso es el principio y con eso no estamos dándole a
la mujer las herramientas necesarias para que se empodere del mundo.
Algunas necesitan más que eso. Y las necesidades son individuales y a
veces no se saben hasta que se descubren. Hay que darles seguimiento a cada una y encontrar la mejor solución y sentido a su vida.
Cambiar
el modo de pensar de una mujer que a penas sale de una crisis de
discriminación social es más duro aún. Esas mujeres tienen capas de
piedra sólida. Se asustan y se escandalizan cuando se les plantea un
modo de vida mejor al que llevan. No quieren soltar sus costumbres, sus
valores y su doble moral. Se niegan a aceptar que son violentadas y que
la tristeza que llevan es parte de las señales de que no son libres de
hacer y pensar por sí mismas. Y hay que ser pacientes para romper los
esquemas que las mantienen sujetas a la dependencia de una relación
enfermiza o con desventajas.
En
mi experiencia con trabajar con mujeres me encontré con una gama
de pensamientos y modos de vida retrogrados. Al escucharlas formular sus
problemas, sus dependencias y sus traumas de infancia, sentía que me regresaban más allá del siglo XIX. Me mordía los labios para no
lastimarlas y lanzar un misil a sus construcciones mentales. Era necesario tocar con cautela los temas desagradables, más aún si ellas se
escudaban en la biblia y la religión, porque cuando está la palabra de
Dios en medio de una conversación es mejor callar, respetar sus
opiniones y pasar delicadamente a otro asunto. Los gestores culturales no estamos allí para
atacar la fe, sino para mostrarles otra formas de pensar. Pensé que la dinámica más apropiada que se debía aplicar en
estos casos era mostrar, en conjunto, el grado de calidad e independencia de nuestras vidas y de nuestras ideas sin entrar en controversia ni ponerme
como ejemplo a seguir. Las mujeres no son tontas ni hay que
desvalorar sus vidas. Son lo que son porque así se han formado y aunque creamos que esa mujer no
va a crecer o cambiar algunas costumbres, rodearlas de conocimiento y
darles ideas diferentes hace que poco a poco reconstruyan su modo de vivir. Eso depende si
ellas están dispuestas a cambiar y si sus objetivos de vida se lo
permitan, porque los
caminos para encontrar la autorealización son múltiples. Cada persona
escoge qué quiere de su vida. La misión de los que trabajamos en el fortalecimiento de la cultura es mostrarles el catalogo de opciones y
darles una razón para girar a la derecha, izquierda o en la vía
contraria, y es darles identidad de pertenencia, seguridad y autoestima.
A veces me parecía que la definición de cultura se quedaba estancado en un concepto
generalizado, estático y que para la población femenina era una idea
confusa y limitada. Sin embargo, hubo días en que esas mismas mujeres, siguiendo la mística y la filosofía
del buen vivir, me demostraban que el objetivo de vivir era la búsqueda constante de la felicidad y de la libertad. Llegaban a
mi oficina con tantas ganas de ser felices y regresan al día siguiente con
racimos de sorpresas. Me gustaba verlas sonreír al compartir lo que sabían,
lo que pensaban y lo que sentían. Porque el objetivo de la cultura es aprender a
compartir, retroalimentarse, ayudarse mutuamente, esforzarse por
cambiar cosas con lo que hacen, y de ese modo, sin saberlo, girar la rueda de su progreso
personal y por ende hacen de el mundo sea un mejor lugar donde vivir. Y me llevé sorpresas
enormes cuando las mujeres empezaron a formular sus propias propuesta.
Extrañaré esa dinámica de trabajo, ese enfoque de cultura abierta y gestión solidaria, pero también "las que enseñan los nuevos horizontes" deben avanzar, doblar la esquina y probar nuevos retos. Deben aprender a soltar y no aferrarse a un árbol. A veces las circunstancias parecen difíciles o injustas, pero siempre hay una ventana o una puerta por donde salir o escaparse. La esperanza, las oportunidades y los éxitos siempre están en los retos y en lo que se siembra. Por eso, mujeres, ¡a empujar la puerta grande y exigir nuestro derecho al conocimiento! La vida es demasiado corta y retorcida como para esperar que los cambios y los milagros se realicen por sí solos.